miércoles, 6 de abril de 2011

Primer Amor.


A los seis o siete años conocí a mi primer amor, no es de asombrarse que, con mi carácter decidiera mirar a alguien y amarlo por sobre todas las cosas. No se asuste querido lector, mi primer amor era un niño rubio, pequeño, apodado El Principito.

Le sonreí un día cualquiera desde el otro lado de la biblioteca blanca de mi casa, lo miré como quien quiere y no quiere la cosa y le tendí mi mano. Allí estaba él, esperándome en un ejemplar viejo y gastado que le había pertenecido a mi madre.

 Temerosa pasé a la primera página, la dedicatoria...y si, ya se que usted se sabe la dedicatoria del Principito como se sabe el PadreNuestro, pero es que este, mi Principito no solo tenía la clásica dedicatoria  a Leon Werth, sino que tenía además, una dedicatoria con la caligrafía Palmer inconfundible de mi mamá, por lo que había dos dedicatorias en él, como invitándome a leer el libro y a permitirle al Principito ser parte de mi vida.

Si me encomendaran la tarea de reeducar a los niños cuando el Apocalipsis llegue solo usaré 3 libros de texto, el Manual de Carreño para que tengan buenos modales, el Diccionario para que tengan vocabulario, y El Principito, porque allí está todo lo que uno vino a aprender en esta vida.



En serio, es en ese libro en el que aprendemos que sí es importante la guerra entre los corderos y las flores, y que lo esencial es siempre invisible ante los ojos; aprendemos también que la belleza de una flor orgullosa puede llevarnos a desencantarnos de toda la flora del mundo.

 Aprendemos que a medida que crecemos nuestro pragmatismo va borrando nuestras fantasías infantiles y eso puede hacernos más o menos felices dependiendo de en que parte del asteroide B-612 nos encontremos.

El Principito nos enseña que el problema de los adultos no es crecer, sino olvidarse de como fueron cuando niños.


Gracias a este libro sabemos cosas elementales de la vida, como que es necesario soportar 2 o 3 orugas si de verdad queremos conocer a las mariposas...o  que al momento de despedirnos es mejor sorprendernos por la falta de reproches.



Aprendemos que hay que juzgar a las personas por lo que hacen y no solo por lo que dicen, porque la flor, por más orgullosa e hiriente que se mostrara, si quiso al Principito, es solo que éste no llegó nunca a saberlo.

 Nos enseña que no hay cosa más difícil que juzgarse a uno mismo, y que si lo hacemos de la manera correcta entonces somos sabios.

 A su vez nos enseña a valorar a los amigos y a no olvidarlos, porque no todos tienen la dicha de tenerlos, y que valorarlos significa aceptarlos como son,y quererlos por lo que valen, aunque uno sea un piloto o un zorro sin domesticar.

 Él me enseñó que la vida es cuestión de disciplina, que después de desayunar, y antes de hacer nuestras labores diarias debemos arrancar poco a poco la hierba mala, porque si no lo hacemos se nos llenará el asteroide de Baobabs.

El Principito me hizo entender que ante la tristeza lo único que podemos hacer es correr nuestra silla un poquito al oeste, para alcanzar la dicha de ver el sol ponerse más de 43 veces.Las puestas de sol nunca son tan agradables como cuando se está verdaderamente triste.

Mi querido Principito me dijo en alguna de sus páginas que las espinas están ahí por una razón, y no son solamente pura maldad de las flores.

Fue mi primer y único amor sincero. 

Gracias a él aprendí tantas cosas que no pueden aprenderse en ningún otro lugar. Me enseñó la diferencia entre un capricho y un amigo, entre uno y el otro, entre los hombres serios y los niños, entre las lucecitas de un farol y las estrellas.

Me enseñó que los que comprendemos la vida nos burlamos de los números, de las etiquetas, de los prejuicios. Vivimos sin diferenciar siquiera los puntos cardinales, las fronteras, los idiomas. VIVIMOS. SENTIMOS. HACEMOS... y ya, no nos queda más tiempo para otra cosa.




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